“Bendito Menor” y la “comandante Mónica”

POR : EFRAIN GUTIERREZ

Está probado, y la historia reciente de Colombia lo confirma una vez más, que una estructura criminal etiquetada como “autodefensas” no se disuelve con la baja de un jefe visible ni con un discurso de mano dura por parte de las autoridades. Las organizaciones delincuenciales no son un individuo, son un colectivo que maneja una red de rentas, lealtades, miedos sembrados, rutas conocidas y recambios. Cuando cae un comandante, no se apaga el negocio y se guarda el aviso; se redistribuye el mando y nuevas antorchas iluminan las noches.


Naín Andrés Pérez Toncel, alias Bendito Menor, personificó esa lógica con crudeza. Él lo sabía y sus actuaciones buscaban visibilidad dentro del grupo. No era el máximo jefe de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada —herederas de Los Pachenca—, sino el rostro más ruidoso del frente Javier Cáceres en La Guajira: extorsión, corredores de cocaína, control urbano y un teatro de redes sociales que lo volvió objetivo político tanto como policial. Su muerte en Riohacha, junto a su círculo cercano, fue un golpe táctico.
Analicemos algunos detalles de cronología: El 3 de septiembre de 2026, hacia las 10:30 a. m., Rosa Angélica Tarazona, alias La Bebecita, se conectó de forma virtual al Juzgado Tercero Penal del Circuito de Riohacha. Iba en un vehículo, en zona rural de La Guajira, y encendió la cámara del celular. Allí se verificó un preacuerdo con la Fiscalía por concierto para delinquir: aceptación de cargos y una pena negociada de 36 meses, con individualización prevista para octubre. Esa misma noche, hacia las 11:30 p. m., comenzó el operativo en Riohacha; se extendió a la madrugada del 4. Murieron ella, Bendito Menor y dos escoltas.


Esa secuencia abre interrogantes legítimos. Una procesada con medida previa, que se había arrancado el brazalete del Inpec y que comparece por celular desde un vehículo, es un blanco técnico evidente: la conexión virtual deja rastros (IP, torre, dispositivo, metadatos de la plataforma judicial). Si algún servidor público usó esa diligencia como cebo para ubicar a un objetivo de alto valor y abatirlo, no sería “inteligencia creativa”: sería desviación de poder, posible prevaricato y, en el peor escenario, instrumentalización del proceso penal para una operación letal. Esos detalles constituyen un delito grave digno de investigarse.
Pero la operación no fue, por sí sola, un golpe estratégico contra la organización. Arriba siguen nombres más antiguos y menos exhibicionistas. Abajo queda la maquinaria: milicias, logística, informantes, plazas y la costumbre de reemplazar al que falta.


Por eso —una despedida al Bendito Menor y, casi enseguida, una bienvenida entre vallenatos y balazos a la comandante Mónica— no es un detalle folklórico. Es el retrato de la sucesión criminal. En esa misma subestructura ya había aparecido María Mónica Graciano Quiñones, alias La Tía o La Mona, señalada como pieza logística y “mano derecha” del frente: armas, intendencia, castigos, disciplina interna. Aunque ella fue capturada meses antes, el patrón es el mismo: el individuo es sustituible; la función no. Si no es esa Mónica, será otra. El alias cambia; el cargo permanece.
La analogía con la política es inquietante y, en parte, exacta. En la política institucional, los líderes rotan y los partidos sobreviven. En la política armada ilegal ocurre algo parecido, con una diferencia brutal: el recambio se hace con sangre, botín y terror. El funeral público o semipúblico de un cabecilla no es solo duelo; es mensaje de continuidad. Si el senador padre cae preso, su hijo hereda la curul. El relevo no es solo cinismo; es afirmación de que el Estado es fiel al símbolo y no al sistema.
Ahí está el error recurrente de la estrategia de “objetivos de alto valor” cuando se la presenta como solución total. Neutralizar a un joven influyente, mediático y cruel alivia a comunidades aterrorizadas en el territorio dominado y produce un titular de victoria. Pero si no se atacan al mismo tiempo las finanzas, la corrupción local, el reclutamiento de adolescentes, el control de la Troncal del Caribe y la disputa con el Clan del Golfo, el vacío se llena en días. La organización se vuelve incluso más opaca: menos videos, menos farándula, más profesionales del crimen.


La lección no es que la fuerza sea inútil. Sin presión militar y judicial, estas estructuras se expanden, amenazan más territorios. La lección es que las balas y los discursos vehementes son insuficientes si no hay persistencia institucional: investigación financiera, presencia civil, justicia que no negocie impunidad a ciegas y un Estado que dispute el territorio con servicios, no solo con operativos. Los individuos pasan. Las rentas, si nadie las corta, se hacen más poderosas. Y mientras eso ocurra, cada despedida de un “Bendito Menor” será, para la organización, apenas el prólogo de otra bienvenida.

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