¿Payaso o concejal? Alfeo Hernández y su particular manera de atacar al periodismo

Por: Hablando Claro
Durante una sesión del Concejo de Montería, el concejal Alfeo Hernández Emery volvió a lanzar fuertes críticas contra algunos periodistas, a quienes señaló de publicar información sin verificar y posteriormente contactar a las personas involucradas.
“De esta mazorca, ni un grano. A mí no me van a extorsionar”, expresó el cabildante.
Hernández también habló de un supuesto “modus operandi” y aseguró que ha presentado denuncias ante la Fiscalía contra dos periodistas por presuntas prácticas indebidas.
El problema es que cuando un funcionario público habla de extorsión, no debería quedarse en insinuaciones ni generalizaciones. Si conoce de una exigencia económica, su obligación es denunciarla y presentar las pruebas ante las autoridades competentes.
El problema de hablar siempre en plural
Una de las prácticas que más cuestionamos del concejal es su costumbre de referirse al periodismo de manera general.
El periodismo no es una mazorca y los periodistas no son todos iguales.
Si existen comunicadores que, según él, han cometido irregularidades, que diga quiénes son, qué hicieron y dónde están las pruebas.
Porque lanzar acusaciones generales termina metiendo en el mismo saco a quienes ejercen el periodismo con responsabilidad y nada tienen que ver con las situaciones que denuncia.
¿Periodismo o extorsión? Que las autoridades determinen
Si el concejal ya acudió a la Fiscalía, corresponde a las autoridades investigar y determinar si existió algún delito.
Pero mientras tanto, resulta irresponsable utilizar la palabra “extorsión” como una etiqueta para referirse al periodismo en general.
Un periodista puede equivocarse, claro que sí. Pero una equivocación o una publicación que incomode a un funcionario no convierte automáticamente a nadie en extorsionista.
Alfeo Hernández tiene derecho a defenderse, controvertir una información y acudir a las autoridades. Lo que debería hacer, como servidor público, es hablar con nombres propios y presentar las pruebas.
Y aquí la imagen del concejal vestido de payaso adquiere una lectura editorial inevitable: cuando un funcionario convierte un debate serio en un espectáculo de acusaciones generales, corre el riesgo de hacer el ridículo mientras pretende ridiculizar al periodismo.
Menos payasería y más argumentos.
Porque entre ser un concejal que cuestiona al periodismo y convertirse en protagonista de un espectáculo hay una diferencia: la seriedad.
