"Donde está la bolita" la maldad en 4 palabras

Por : Adel Lopez Montilla
Siendo adolescente, ya hace muchos años en compañía de un amigo me sucedió algo que ha marcado mi existencia y quizás lo único que odio con todas mis fuerzas.
Un viernes en épocas decembrinas salí con un amigo de infancia, el popular "Pinocho" el hijo de la vieja Doli, en el barrio La Coquera. Inventamos ir a mirar una película en el teatro Sinù ubicado antiguamente en la calle 35 con tercera, esquina el que era de color azul, hoy si no estoy mal es un centro cristiano.
Decidimos irnos caminando para ahorrar algo de dinero, en esta ocasión los famosos peseros que venían de la principal o Santander no nos llevarían al centro .
Ya estando en el teatro observando la película la cuál era de trompa física, de esos manes que privaban con el puño, Bud Spencer creo que era el actor, a la mitad de la película como era de costumbre aparecían unos letreros con los precios de las gaseosas y demás artículos que vendían, la gente se paraba y compraba, bueno el que quería y tenía, nosotros teníamos pero ya había un plan, irnos caminando, no comprar en el cine, regresarnos a pie y comprarnos con lo ahorrado un pollo asado dónde "La Vieja Luz".
Los pollos de La Vieja Luz eran los mejores de la época en Montería, difícilmente al día de hoy se pueden igualar, nadie sabe la receta que usaban pero esa vaina era bien sabroso. Para los que no saben ese restaurante quedaba por los lados de la Cola Román, hoy club Buenavista.
Hasta acá la historia era el plan perfecto, nunca debimos meternos por toda la segunda para ir caminando hasta llegar al lugar donde pretendíamos comernos el pollo asado.
Íbamos ansiosos por llegar rápido y en toda la 33 con segunda escúchanos una voz que cada vez que la escucho desata mi odio hacia ellos " dónde está la bolita, dónde está la bolita" y ahí fijamos la mirada, una mesa pequeña con un mantel rojo, bastante desteñido o empolvado, encima tres tapas de gaseosa y una bolita y un señor con la uña del dedo meñique bien larga, nos acercamos y vinos cómo unas personas hacían dinero fácil, apostaban una cantidad y se llevaban el triple, en realidad era fácil ganar, el tipo del juego era tan bobo que dejaba ver dónde estaba la bolita.
Al ver que ganaba el uno y el otro Pinocho y yo nos miramos a los ojos y nos dijimos y que tal si apostamos y con lo que ganamos nos compramos no solo un pollo, nos compramos dos, uno para ti y uno para mí, bastante agalludos los pelados y apostamos todo lo ahorrado en la ida al teatro.
Uno de los que ya había ganado alzó la primera tapa y la bolita no estaba ahí, ya quedaban dos y en una de ellas se alcanzaba a observar la bolita, era inminente que íbamos a ganar, señalamos la tapa y el señor la levantó y adivinen, la bolita no estaba, lo perdimos todo.
Nos fuimos a casa de la 33 con segunda hasta la Coquera, sin plata, con hambre y a pie, no puedo ocultar que al pasar por La Vieja Luz, se nos aguaron los ojos sin antes renegar el por qué habíamos apostado lo de la comida.
El tiempo pasa y mi rencor hacia ellos no se olvida, pero lo peor de eso es que la historia se repite una y otra vez con cientos de jóvenes y campesinos que salen a divertirse y se encuentran con este tipo de personajes en las fiestas, estafando a la gente y quedándose con su dinero.
Nunca vas a ganar porque la bolita al momento de alzar la tapa es traída en una de sus uñas con tanta habilidad que no te das cuenta de la estafa.
Anoche en la avenida primera salvé a una chica de caer en las garras de esta gente, a las autoridades les pedimos no permitir este tipo de juegos donde los que ganan son coimes que hacen parte de su plan perfecto de estafa.
