Fabio Amín Saleme: el congresista vitalicio que representa el arte de no hacer nada

Por: Adel Lopez

Como si se tratara de una pintura antigua colgada en una pared del Congreso, Fabio Amín Saleme vuelve a la escena justo cuando se acercan las elecciones. Porque si hay algo que domina a la perfección este político cordobés es el acto de aparecer solo cuando toca pedir votos, y desaparecer el resto del tiempo, como buen experto en el camuflaje parlamentario.

Amín Saleme, eterno bastión del Partido Liberal en Córdoba, se ha mantenido por años en el Capitolio sin que nadie pueda recordar una ponencia suya, una ley útil para el pueblo o siquiera un discurso que no suene a lugar común. Su especialidad es la representación simbólica: está ahí, pero nadie sabe exactamente para qué.

Su tierra natal, Lorica, bien podría servir de metáfora para su gestión: estancada, olvidada, condenada a ver cómo otros territorios avanzan mientras ella sigue atrapada en las historias de David Sánchez Juliao. Las vías de acceso dan vergüenza, el desarrollo brilla por su ausencia y, a pesar de todo, Fabio sigue paseándose con aplomo, como si hubiera hecho méritos para repetir curul.

Pero esta vez, algo parece diferente. El caudal electoral que alguna vez lo sostuvo comienza a mostrar grietas. Ya no cuenta con el respaldo de la subregión del San Jorge, y aunque intenta activar su maquinaria con visitas, fotos y discursos de siempre, hay quienes ya no compran el show.

Aún así, fiel a su estilo, Amín Saleme asoma la cabeza para recordar que existe, que sigue siendo congresista —aunque nadie sepa por qué— y que espera que el electorado le regale otro periodo más para seguir representando... la inacción.

Quizá lo más irónico de todo es que, pese a su inoperancia, su nombre sigue apareciendo en las urnas. Será que algunos votan con nostalgia, o con la esperanza de que algún día haga algo. Mientras tanto, Fabio Amín Saleme sigue siendo la prueba viviente de que en Colombia, a veces, no hacer nada también tiene recompensa.

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